sábado, 3 de enero de 2015

Radio Chuspa


-Maribel, deja la radio Chuspa un rato. Anda-

Y así, mientras dejábamos atrás el pueblito de pescadores,  mi tío y yo sentíamos por un rato que la esencia de aquella gente nos acompañaba por un rato más.

Casitas, granjas e inestables señalizaciones de madera, pasaban frente a nuestros ojos lentamente, mientras el carro trataba de abrirse paso a través de aquella quebrada de asfalto que de alguna manera sobrevivía en medio del verdor salvaje y vivo del trópico. La radio Chuspa cada vez sonaba más lejana, mientras un calor agobiante le ganaba la batalla a nuestro aire acondicionado. Soñolienta, lancé una mirada al mundo de allá afuera. Detrás de la ventana del auto, detrás de nuestros aires de civilizados, cientos de años parecían observarnos desde las copas de altísimos arboles. La carretera no parecía entonces más que un juego de niños. De cuando en cuando, veía que llevaba la batalla perdida, allí  donde milenarios arboles envolvían con sus raíces y hojas al gris intruso. En lo alto, frondosas ramas se erguían como oscuros centinelas de un mundo antiguo, poderoso, oculto. Solo la luz del sol lograba filtrarse a través de aquellos guardianes y llegaba hasta nosotros como un delicado soplo de brisa. Qué ingenuos los hombres que pretendieron enfrentarse a aquella mujer pues ella, sabia, aguerrida y salvaje, poco a poco recuperaba la tierra que por derecho le correspondía. La carretera cada vez se hacía más insignificante. Aquí y allá se habían roto las barreras. Más acá se apreciaba la promesa de un rio que algún día volvería a correr caudaloso. La ciudad parecía muy lejana ahora. Aún a través de una nube de sueño y calor, recorrí con los ojos la interminable columna de cuerpos marrones que pasaban frente a nosotros. No se parecían a los de Caracas. Estos eran de otra clase. En medio de cuchicheos y susurros, se comunicaban secretos ajenos a nuestro mundo, en tanto el carro se deslizaba diminuto a su lado. Los anchos troncos parecían calcular cada movimiento. Parecían saber muchas cosas.

La selva ocultaba impenetrable secretos y miraras a donde miraras yacía la advertencia, la promesa aguerrida de que algún día recuperarían lo suyo.

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