viernes, 21 de noviembre de 2014

Carrera nocturna ilumina Caracas




Era un domingo a las 6 de la tarde y el metro se desbordaba de camisas azules. Si se les veía de frente, el logotipo de la empresa Samsung brillaba en grande, con claras letras plateadas. De espaldas, se leía el nombre del evento: CCSNIGHTRUN 5k.

Cerca de 7 mil personas respondieron a la convocatoria de la marca. El día antes del evento acudieron solícitos a recoger su kit en el Centro Comercial San Ignacio en medio de una música estridente y una decena de toldos blancos. Ni siquiera la lluvia de octubre los detuvo. El día de la carrera, embutidos en zapatos y ropa deportiva, se prepararon para correr 5 kilómetros dentro de la capital, hazaña por demás aplaudible para un lugar en donde la delincuencia ubica a Caracas como la tercera ciudad más peligrosa del mundo.
Sin embargo, al llegar a la estación del metro Chacaíto nadie parecía pensar en eso. Los que salían a la fría oscuridad del bulevar agitaban los brazos entusiasmados hacia los que estaban allí. Mientras tanto, la marea azul ya caminaba y empujaba alborotada hacia el Centro Comercial Lido, el punto de encuentro. Una cuadra antes de llegar, la algarabía, las caras sonrientes multiplicadas y las luces de colores advertían de la proximidad del evento.
A las 6:30, Caracas parecía haber entendido que esa era una noche de celebración. Ni una sola gota de agua caía sobre el área demarcada para la carrera. Olvidados, los altos edificios observaban silenciosos y oscuros la fiesta que se desarrollaba más abajo.
Desde todas las calles llegaba gente a pie o en bicicleta que se sumaba alegre a la corriente de la avenida Francisco Fajardo y las escaleras adyacentes, normalmente desoladas, habían sido reclamadas por la multitud. Ahora servían de asientos para los que llegaban demasiado temprano. No tan allá, los vigilantes de los edificios, envueltos en negras chaquetas observaban con ligero asombro a la muchedumbre que se desplazaba por la acera sin siquiera advertirlos. 
-¿CÓMO ESTAMOS, CARACAS?-preguntaba desde la tarima Migbelis Castellanos, la Miss Venezuela 2013, aunque solo los que estaban más cerca respondían con una fugaz ovación. El resto de la multitud parecía más entusiasmada con el encuentro colectivo en medio de la calle. Los que no se dedicaban a estirar los músculos y a trotar en círculos sobre el asfalto, se apretaban en escandalosos grupos que se abrazaban, reían y charlaban en cualquier parte.
- ¡CINCO MINUTOS, SEÑORES!
Para ese momento el aviso ni hacía falta. La muchedumbre ya temblaba de entusiasmo.
- ¡CUATRO MINUTOS!
Unos y otros se apretujaban frente a la línea de salida. Más de 7000 personas, entre inscritos y no inscritos, se fundían en una sola masa. 
- ¡TRES MINUTOS!
Algunos daban pequeños saltos en el mismo sitio. Otros se sacudían como si estuviesen empapados de agua. Unos pocos gritaban y agitaban los brazos en el aire cada tanto.
- ¡DOS MINUTOS!
Chacao se traducía como multitud frenética, ebria de entusiasmo ante la novedad de esa noche pública.
- ¡UN MINUTO!
Y entonces los animadores del evento por fin recibieron toda la atención del público.
-¡YA!
Miles de participantes se abalanzaron contra la presa que hasta ese momento era la línea de salida. Aquí y allá centelleaban una decena de luces blancas. A los lados retumbaba la ovación incansable de otros cientos de caras y formas difusas que no corrían, pero que igual eran parte del evento. Esos eran los primeros 100 metros y luego, la noche. 
En medio del halo de luces, ahora amarillas, verdes, azules y moradas, se distinguían las espaldas del ejército de corredores. Hombres, mujeres, madres con coches de tres ruedas, niños que llevaban de la mano a sus padres, jóvenes, no tan jóvenes, personas con carteles que las anunciaban como autistas, un hombre en silla de ruedas que ya le llevaba varios metros a los que iban a pie. 
Cada tanto, las caras que gritaban y animaban con voces potentes volvían a aparecer, lo mismo que los uniformes azules de bomberos y policías. Más bien pronto, en mitad de la avenida, un arco repleto de brillos les anunció a los corredores que habían alcanzado el primer kilómetro. Como bienvenida, una figura femenina teñida de colores giraba y agitaba los brazos ante la mirada asombrada de la marea azul. 
La misma práctica se seguía en cada kilómetro y mientras más cercana la línea de llegada, más estrambóticos los disfraces. Las imágenes de los edificios de Chacao, el Obelisco de la Plaza Francia, las amplias aceras de los Palos Grandes, pasaban en un solo borrón a los lados de los corredores.
Cerca de Parque Cristal, la corriente se encontró con una subida. Entonces los gritos de ánimos surgieron de adentro. “¡Vamos que si se puede!”, “¡sigan, sigan, no paren!”, se auto motivaba el grupo. “Falta poco”, gritaban los de adelante. “¡Mantengan!”, decían los de más atrás. Paso a paso, el rio de camisas azules atravesó la plaza de Los Palos Grandes y ya arriba se enfiló de vuelta hacia Chacaíto. Pasaron hoteles, restaurantes y calles oscuras, apropiadas ahora por los corredores. Atrás quedaron el famoso Ávila Burger, las paredes color ladrillo del San Ignacio y los altos árboles de la urbanización Campo Alegre. Ya solo se oía el rasgar de miles de zapatos sobre el asfalto.
-100 metros. Solo 100 metros. Ya llegaron-anunció de pronto una de las caras de los que no corrían, mientras las manos aplaudían y los instaban a seguir. De pronto, mientras una mujer los animaba, el puente de la avenida Libertador se abrió ante los corredores y el último kilómetro se perfiló contra la oscuridad. Finalmente, con un último aliento, la multitud atravesó la línea de llegada. Las energías acumuladas durante horas se dispersaron. El afán se apropiarse de Caracas, de sentirla suya, incluso por una noche, se suavizó en medio de las agitadas respiraciones. El evento de Samsung fue solo una excusa.

-LO LOGRAMOS, MUCHACHOS-gritaron con júbilo las voces anónimas.

La ciudad imaginaria




Que no se diga más. Esa es Nueva York. Ya la cámara le hizo un rápido paneo a la estatua de la libertad, ya se regodeó con los altos edificios, ya apuntó hacia esa fila interminable de ruidosos taxis amarillos.

Una vez más, la ciudad de los rascacielos, la capital del mundo, la que nunca duerme, the Big Apple, the Seat of the Empire, se ensancha ante otro papel protagónico en la gran pantalla.

Está hecha para los escenarios, para ser vista y admirada.

Lo sabe bien.       

Hace décadas no pasa un solo año en el que Nueva York no se pelee por el estelar. Se viste de rosa, o de andrajos. Deja que la retraten con un gigante peludo colgado del Empire State, o con un monstruo que la destroza hasta sus cimientos. No importa. Da lo mismo. La ciudad that never sleeps confía en su propio esplendor. Es vanidosa, muy vanidosa.

Sea la escena en  el Bronx, en Queens, Brooklyn, Manhattan o Staten Island, es lo de menos. Que los directores la imaginen en ruinas, para complacer a los que dudan de ella; que la imaginen rebosante de energía, para satisfacer a los que la admiran.

Que todos la vean.

Esté a la sombra de la delincuencia, bajo el brillo del renacimiento de Harlem, u ocupada en asuntos de interés mundial, cualquier año es bueno para estar ante las cámaras.

¡Bienvenidos sean entonces Billy Wilder y Steven Spielberg! Siempre será un buen momento para una historia de amor y desengaño en uno de los tantos apartamentos de Nueva York, o una en el muy internacional aeropuerto John F. Kennedy junto a un insólito y necio Viktor Navorski.

A Woody Allen ni hace falta darle la bienvenida. Él tiene un pase libre a la ciudad desde que decidiera homenajearla en sus películas. Manhattan ya lo consagró como uno de sus preferidos. Sus personajes se quedaron a vivir allá hace mucho tiempo. Annie Hall y Aly Singer entran y salen de los restaurantes entre abrazos y discusiones cuando quieren, mientras un David Shayne pasea eternamente atormentado por los teatros de Broadway y un Danny Rose sigue a la búsqueda de los talentos más estrafalarios que pueda encontrar.

El asunto es delicado con Martin Scorsese, pero igualmente la ciudad no le puede hacer malos vistos. La historia del taxista deprimido que trabaja de noche en Nueva York para aliviar el insomnio, siempre es un buen motivo para verse a sí misma en la gran pantalla. You talking to me?, escucha una y otra vez la ciudad y entonces sonríe, aunque el musical que luego le dedicara el director, hubiese resultado fatal ante la crítica.

Nueva York también tiene otros papeles estelares. Aún se regodea con el que tuvo en esa película de Chaplin en donde un rey llega a la ciudad sin dinero tras una revolución en su país; no pierde detalle de que fue la primera ciudad en donde Robert De Niro se estrenó como director; ni que Oliver Stone la retratara en una de sus brillantes películas.

Con todo, ninguna película la debe haber hinchado más de orgullo que esa en donde sus tres ídolos la retrataron juntos. Historias de Nueva York, con Woody Allen, Martin Scorsese y Francis Coppola. Que los críticos digan lo que quieran.

Los súper héroes también tienen cabida allá. Nueva York no tiene problemas. Que tengan poderes de araña, que lleguen desde el lejano planeta de Kripton, o que estén bañados de dinero. Que la llamen Metrópolis, o Ciudad Gótica, los directores tienen permiso de representarla una y otra vez entre grandes hazañas y efectos especiales. E incluso, si se la muestra desde su lado más oscuro, lo importante es que ella sea la protagonista de fondo.

Es más, con eso último, realmente la ciudad no tiene inconvenientes. Hace tiempo que una de las películas de sus preferidos, El Padrino, pasó por esos caminos y la dejó triunfante. Lo mismo puede decirse de El Gran Gatsby, quien forjó su fortuna allá entre capas de corrupción y contrabando.    

Por si fuera poco, Nueva York, siempre a la cabeza, también da cabida a que las feministas retraten su historia allá. Así fue como la ciudad vio a una intransigente Meryl Streep explotar a una atolondrada Hattaway en una ficticia revista de moda, o como las cuatro de Sexo y la Ciudad, tuvieron su momento en los restaurantes de moda.

Nueva York se reinventa de cientos de manera. Desfila sobre la alfombra roja de las pantallas. Posa de la manera que sea. Pero, por favor, que nadie la olvide, que nadie la pase por alto.

Y así, para cuando se termine esta película, ella seguirá allí. La ciudad imaginaria de 7 mil millones de personas.

Nueva York